EL MUNDO MÁGICO

Es obligado que ante la pintura que Granja Llobet despliega en la Galería de Arte Lancia intentemos al menos un esfuerzo de transmutación, a fin de enajenarnos de nuestra propia mismidad para insertarnos en un mundo de cálido y puro silencio, de amortiguado y denso color, de armoniosa composición y de un dibujismo como espontáneo, como brotado de la propia entraña de la pintura total.

Porque sin esta trasposición, sin esta incorporación voluntaria y amorosa al mundo ofrecido, no cabe complacencia ni posibilidad de asombro. El pintor transfiere no solamente su mundo encantado, mágico, soñado, al espectador, sino el vacío, el espacio libre, el clima o ambiente de su mundo. No es tanto lo que se ve como lo que se presiente o se oculta detrás de los objetos, de los utensilios, de los paños; cortinajes o alfombras. Porque allí, en vuelo invisible, está el espíritu del pintor, su esencia creadora. Y pienso que este ha sido el motivo, el estímulo principal del pintor en el momento de reproducir, no tanto un interior físico como un interior íntimo, personal y perfectamente transferible.

Acaso, de pronto, como rescatadas del baúl de los recuerdos familiares, se proyecta en primer término una muñeca viva, y no hay contradicción en la expresión, porque esta muñeca, este cuerpo estampado, este rostro de nácar, sugiere una turbadora vivencia interior, un misterio, como si se tratara de un ser al que un insolente pero respetuoso mago hubiera condenado a permanecer en éxtasis para permitirse su contemplación gozosa. Para la transcripción de un mundo encantado, el recreador se sumerge en sus propias penumbras y construye, con rigurosa selección, los motivos y la escenografía en que habrían de producirse los prodigios, y entonces el lenguaje expresivo se hace lírico y la fabulación (porque existe como en las fórmulas poéticas machadianas, de contar y cantar) se envuelve en sus propias púrpuras, en sus sombras, en sus fulguraciones velazqueñas, y la materia de la pintura se extiende con delicada gestuación, y el dibujo se convierte en un sensible andamiaje interior capaz de sostener, como en las catedrales góticas, la inmensidad del aire y del color, con solamente algunas nervadas columnas. Sorprende y conmueve líricamente la pintura de Granja Llobet, con delicada unción, con mano enguantada, con proyección seductora, sin violentar ni exceder. Armoniosa y serena, misteriosa o mágica.

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