LOA DEL EQUILIBRIO

En no pocos rincones de Cataluña –de ahí su madurez social y sentimental– habita la cultura como una orgullosa avecica de mil colores y un canto melodioso, sereno e íntimo ya muy hecho a convertir en bazas victoriosas los mil avatares de la casualidad y el milagro; tengo muchos amigos catalanes en los que se transparenta el alma y sus tres piruetas inteligentes –la idea, el sentimiento y el color– al tenue trasluz de sus vidas, sus amores y sus preocupaciones. ¿Se ama la tierra como a una mujer, al paisaje como a una mirada, al olor del aire como a una sonrisa? Gracias sean dadas a Dios, hay tantas respuestas como posibles corazones preguntados. Si perforamos el planeta Tierra pasando por su centro de fuego, esto es, por la caldera de Belcebú, salimos por los antípodas y observamos con estupor, si no hemos ardido antes, que la gente anda sobre dos pies, como por aquí, y no de cabeza; del pasmo no se repone nadie sin dolor ni esfuerzo.

Granollers es caserío en el que habitan con naturalidad los resortes de la sabiduría y las sutiles teclas de la adivinación, y de ese gozoso machihembrado salta la chispa que propicia la suave paz que nimba los espíritus y tiñe de color de rosa tímida los amaneceres.

Para conocer esta diáfana verdad basta con pararse ante un hondo cuadro de Granja Llobet y leer con cavilación profunda todo lo que nos va diciendo en cada pulgada, en cada línea y en cada reflejo de su paleta.

–¿Es cierto que en esa mecedora se sentó el General Prim? –Eso dicen.

–¿Es verdad que en esa misteriosa mesita rococó tomaba el té Oscar Wilde?

–Eso he oído.

–¿Sabe usted si ese es el reloj de cuco que avisaba a Lady Chaterley de que llegaba su marido?

–Yo no lo sé, pero mi prima Obdulia jura que sí, que lo vio funcionar en ese menester más de cien veces. La pintura y la literatura se dan la mano en el Parnaso y después saludan al espectador atónito y tan solo vestido con una hoja de parra. La casualidad es la única fuente del doloroso mundo nuevo y el pincel de pintar y la pluma de escribir se ponen de acuerdo para reflejar el universo, su idea y su latido, también su principio y su fin y todos sus estados intermedios. Antes que Granja Llobet entendieron este complejo proceso de la simbiosis de los sentimientos estéticos, el Bosco, Goya y Solana, entre no pocas cumbres más. En la pintura de Granja Llobet me saludan la mesura y el equilibrio, esas dos virtudes encauzadoras de la sabiduría. Un poeta leonés me dice al oído que la pintura de este hombre del que hablo es armoniosa y serena, misteriosa y mágica. Dos siglos antes de Cristo, el chino Ts’ung-Chu- Tong nos susurró muy equilibradamente que la armonía entre cielo, tierra y hombre emana de una sintonía en la que una misma nota produce vibraciones acordes. Al final de esta paradoja aparece la pintura de Granja Llobet.

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