Un 31 de octubre, en plena castañada, nació mi padre en la calle Príncep de Viana número 28. Era un chico travieso, le encantaba correr con los amigos por la calle, jugar con balas y peonzas y –cómo no– ya empezaba a hacer sus primeros dibujos. Los años que siguieron a la postguerra fueron duros para él; la muerte de su padre, mucha necesidad, soledad. Empezó a dibujar y a pintar, en las paredes del corral y en la despensa de su casa. Sus modelos preferidos: gallos, gallinas y conejos. Los materiales que utilizaba para pintar eran restos de botes de pintura que le proporcionaba un pintor de paredes de la calle Barcelona. A los ocho años, en el huerto de su casa, buscó un viejo saco de patatas, cogió cuatro listones y venga! ...Hizo una tela y en esta tela su primer cuadro. Además de jugar, también le gustaba correr por los bosques, donde cogía almezas, y por el río Congost, donde se bañaba. De vez en cuando ayudaba al Sr. Roque de la churrería a pelar patatas, y de vuelta a casa se iba con el regalo más preciado: «una bolsita de patatas». Los juegos que más le gustaban: «grop», «soldat plantat» y «queit». De niño a adolescente empieza la escuela, sus mejores notas, sin duda, el dibujo, la música y la gimnasia. Pep: Toni, si me haces los deberes de dibujo te doy cinco reales. Toni: no, diez, ¿qué te parece?. Pep: Hecho, chaval!! De miembro de la coral de los Escolapios, donde estudió gracias a una ayuda que le ofrecieron a su madre, a corredor de los 800 y 1.500 de atletismo. Incluso ganó el premio juvenil de la XLVI Jean Bouin de Barcelona en el año 1968. Este chico empezaba a prometer, pues aquel mismo año llevó la antorcha de los Juegos Olímpicos de México. Finalmente acabó sus estudios de delineante en la Escuela del Trabajo de Granollers, de donde conserva muy buenos recuerdos. Los estudios, el atletismo y el dibujo los compaginaba, para sacarse un dinerito, repartiendo vino, carbón, hielo y periódicos. A partir de aquí empieza a nacer un gran artista autodidacta. Empezó a pintar paisajes; además, iba con la buena compañía de sus amigos Vinyeta y Serret, mientras compaginaba su gran afición con el trabajo de delineante proyectista. No obstante, en 1973 hizo su primera exposición y allí es donde conoció a mi madre. A cuántos sitios he ido y me he encontrado cuadros de aquella exposición… Al poco tiempo se casó y después nací yo. Sabéis una cosa? Nunca he conocido a mi padre sin barba! A partir de aquí empieza con fuerza su etapa de los «concursos de pintura rápida» y «certámenes nacionales», muchos de ellos por tierras castellanas (tierra de mi madre), hoy aquí, mañana allí. Cada semana a un pueblo distinto. Mamá y yo cuando oíamos las llaves en la puerta ya corríamos a mirarle a los ojos y así antes de que dijera nada ya sabíamos si traía premio. Manresa, Berga, Blanes, Palamós, Santa Coloma de Gramenet, Terrassa, Tossa de Mar, Madrid, León, Asturias, Vitoria… Y en el extranjero: Berruchia (Italia), Lille (Francia), Bremen, Kristianstad… He perdido la cuenta de tantos premios (unos 267). Hasta que una dulce primavera del año 1987 se presentó a un certamen nacional de pintura muy importante de la Galería Anquin’s de Reus. Ganó el primer premio de pintura y a partir de aquí pasó de ser un artista aficionado a un artista profesional. Creo que, realmente, comienza aquí su gran carrera de 1.500 metros para ser quien es hoy. Exposiciones particulares y colectivas en todo el mundo, catálogos llenos de obras nuevas, marcos por estrenar, prisas, nervios, payasos, saltimbanquis, trapecistas todos a punto de salir; toros bravos en la plaza llena, cómodas llenas de muñecas, cafés y anticuarios con vida, todos ellos preparados para ser puestos en escena. Y todo eso gracias a su dominio del dibujo, de su vaporosidad en la pintura, de su, a pesar de todo, afinada retina y –¿por qué no?– de su fuerte personalidad.

Para mi querido padre

Angi Granja Fragua

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